DIA 8 DE MARZO 2017: No era él.


A la nana, nanita, nana… a la nana nanita… le cantaba a su hija todas la noches al llegar agotada del trabajo. Había logrado quitarse al monstruo de su lado, porque de encima, lo que se dice de encima hacía tiempo que no había estado; vamos ni debajo, ya no había tiempo para nada de eso, ni cariño, ni besos, ni abrazos… solo tiempo para contar dinero.

La vida le había dado una segunda oportunidad, se equivocó al elegir el amor de su vida, pero ahora vivía junto al verdadero: su hijita querida. Su bebé que le daba fuerzas para levantarse todos los días a luchar por ser y no por tener. Ella tan pequeñita e indefensa, tan dulce y armoniosa, tan risueña, tan divertida, ese olor a galletas de recién nacida todavía rondaba su nariz al acercarse a comérsela a besos.

Dos años tenía su niñita cuando ella tomó la decisión de abandonar a su padre biológico. Ahora, después de veinte años comenzaba una terapia, decidió cambiar su nombre de pila por el de “monstruo”, porque le parecía una palabra muy completa en sus acepciones académicas; la primera: “Ser que presenta anomalías o desviaciones notables respecto a su especie”. ¡Claro! ¡claro! ¡Eso es su exmarido!

Y que hayan tenido que pasar 20 años, dos putas décadas, para que rompa su silencio, para que grite sus desgarros, para que desencripte el dolor, para que plasme en un papel su maltrato. Aurora, su terapeuta, le ha dicho que escriba todo lo que se le ocurra de ese “ser fantástico que causa espanto” (segunda definición de la RAE de “monstruo”) ¡qué acertada palabra! para sacarle de su alma, de su mente, de su pensar, de su hacer…

“Qué bien y qué daño hacen las palabras”, eso le dice Aurora, incluso “causan más dolor que las bofetás”. Al principio no le hacía mucho caso pero después de un año de terapia se dio cuenta que eran las palabras las que se habían quedado incrustadas en sus neuronas y no había manera de sacarlas. “Cuando dejes de sentir dolor al escuchar las frases que te hacían daño, cuando te sean indiferentes, entonces estarás curada”.

La única manera de curarte es echarlas afuera. “¡Escribe! ¡escribe!”, le inquiría una y otra vez “no hace falta que sea un Pulitzer… plasma cualquier pensamiento que te asalte reflejando pena, teclea en el ordenador o escribe a mano, que aún es más terapéutico”.

Fuerte, duro, con energía… Le recordó que el monstruo es: una “cosa excesivamente grande o extraordinaria en cualquier línea”, según el bendito diccionario. Para que desapareciera de su vida, tenía que teclear mucho y muy consciente, muy muy en atención, como cuando hacían los ejercicios de respiración en las terapias. Quedaba mucho trabajo por hacer. Pero, se tenía que poner a escribir con urgencia.

La pesadilla recurrente que venía a romper su descanso noche sí, noche también, en la que él se retiraba cuando ella iba a darle un beso y después le miraba como “una persona muy fea”, muy monstruo; parecía empezar a repetirse cada vez menos desde que describió la escena en un papel y se lo pasó a Aurora, pero aún se le arrugaba el corazón al recordar sus rechazos.

Solo “una persona muy cruel y perversa”, por quinta vez descrito el monstruo, era capaz de despreciar la devoción por la vocación. ¡Cuántas veces tuvo que oir!: “¡Muerta de hambre!, tu profesión de muerta de hambre: contar historias, relatar sucesos, ¡vaya mierda de trabajo!, lo que gano yo en una noche, tardas tu en facturarlo dos años en tu periódico”. Y entonces, era su risa socarrona la que resonaba en su cabecita. ¡ja, ja, ja! se reía, y en cada carcajada a ella se le iba un suspiro de desentendimiento, perdía un pedacito de autoestima, hasta que ya apenas le quedó un nada de orgullo, de pasión por sí misma, por lo que sabía y había elegido ser.

El, el único en posesión de la verdad. Los demás, unos ¡inútiles!, unos ¡gilipollas!, unos ¡muertos de hambre! El, por sexta vez bien llamado monstruo, “en posesión de cualidades y aptitudes fuera de lo común en cualquier actividad”, por encima del bien y del mal, el centro del Universo. Los demás, sus súbditos, esos ¡pringados!, ¡exultantemente cobardes! no tenía derecho a vivir, no eran capaces de hacer dinero, ni de ganarlo, no servían para nada, ninguno de ellos.

No era él… y ¿tanto tardó en descubrirlo? en darse cuenta que aquel que la desposó con 19 años, que se llevó la miel de su juventud, no era el príncipe azul que ella había imaginado. No era él… aquel al que le dio el más preciado tesoro que albergó en su vientre durante nueve meses a la tierna edad de 23. No podía ser él, aquel que prefería estar contando dinero, o de bar en bar recaudando la caja antes de estar con su hija y su mujer. No había nada y pudo haber tanto… pero no con él.

¿Ya nada sería igual?, ¿volvería a enamorarse? ¿sería capaz de confiar? ¿podría volver a sentir la emoción de conocer un hombre que le amara? ¿encontraría a alguien que le cuidara? ¿vendría algún hombre capaz de respetarla? ¿tendría capacidad para formar una familia?

Un día al llegar a la consulta Aurora le dijo que si probaban con hipnosis, el tratamiento no funcionaba, veinte años eran muchos, el dolor estaba muy enquistado, estaban estancadas. Ella, aún se sentía culpable de no haber creado la familia que siempre soñó, de no poder reproducir la misma que vivió en su niñez junto a sus padres y hermanos. La hipnosis trajo el shock que paralizaba el sanar. “Tres.. dos…uno… un chasquido de dedos y caerás en un profundo sueño reparador y reconfortante” –dijo Aurora para comenzar.

En la ensoñación afloró el acto más cruel del “monstruo” que su mente había escondido en una oscura caja de olvido, anclada al recuerdo, rasgando herida en su subconsciente.

Al atardecer llegaba el momento más esperado del día. El patito amarillo, la esponja natural, el barquito de vela, el trenecito y el osito de goma flotaban en la bañera y la niña disfrutaba de su baño. Su mamá frotaba suavemente su espalda, sus delicados bracitos, sus piernecitas, sus tiernitas orejas y lavaba con mimo sus ricitos morenos… Entonces, la maldita escena, congelada en el tiempo, se quedaba en el daño… En ese bofetón sin causa y con efecto, recibido desde el suelo, sentada mientras bañaba a la niña, en su presencia, eso fue lo que más dolió. El, desde arriba, en posición de mando, le lanzó la bofetá que rompió su amor, que cruzó su cara, que aniquiló su ilusión, que quebró su existencia, que le dejó sin ganas de seguir insistiendo. Venía del “elegido”, el que debía haber sido y no era. ¡No!, no era. ¡No era él!. ¡No debía ser él!.

La causa, no quizás la única. Los gritos, los desencuentros, las faltas de respeto, la incomprensión. ¡¿el bofetón?! Era eso… Era eso y era más. El divorcio había sido un alivio, un alejamiento condicionado, porque queda tener que verle de por vida, ¡es el padre de su hija!. Y ya nada será igual, el daño está hecho.

Despertó de la hipnosis sin recordar nada, pero a partir de ahí, al reproducir la escena entre sueños, el hablar de ese momento, parece ser que había logrado poner una tirita en el corazón y la terapia comenzó a fluir.

Y en el año veintiuno de la partida se decidió a escribir su relato, a compartir esa agonía vivida en soledad, en tristeza, en pudor, en vergüenza, de contar a los demás lo que ese monstruo había hecho de su vida. Ya sin rencor y con la esperanza que al plasmarlo en el papel y dejarlo ahí escrito ya no volvería a dañar su alma.

Así la “palabra” elegida para echarle de su vida, cobró la séptima acepción, la sanadora en cuestión. “Un conjunto de versos sin sentido, que el maestro compositor de zarzuela escribe para indicar al libretista dónde se ha de colocar el acento en los cantables, aquellos que se deben interpretar despacio y de manera melodiosa y expresiva”.

La transición estaba hecha, la indiferencia se transformó en olvido, el llanto interno en sonrisa a lágrima partida, el monstruo en verso y la ¡bofetá!, un mal sueño ya olvidado. Ahora ella anda componiendo versos y contando cientos de miles de historias, aunque fuera solo por el gusto de ser remunerada con la atención de aquellos que escuchan su cantar. Le da por gritar fuerte y alto: “que nadie es más que nadie. Que aquellos que se creen fuertes son los más vulnerables. Y los más frágiles los más valientes”.

Ahora, transita por el amor que le dan aquellos que la quieren, que la cuidaban, que la respetaban por lo que es y no por lo que tiene.

Madrid, 8 de marzo 2017.

A los veintiún años de su separación, la recién curada.

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