360: Don Juan y Doña Inés


Cuando el primer amor está descompensado se suceden historias como esta. Doña Inés es inocente, pura y cree en el amor verdadero. Don Juan, es un hombre ya bastante manejado en el terreno del amor, de flor en flor transcurría su vida hasta que la pureza y sencillez de Doña Inés le encandilan y cae enamorado sin remedio.

Sabréis que en la obra de Don Juan Tenorio, gran historia de amor, transcurre en tan solo dos noches con cinco años de espacio entre una y otra. El escenario es muy especial en la Sevilla de los últimos años de reinado del rey Carlos I de España, allá por el 1545, y el primer encuentro tiene como telón de fondo la noche del carnaval sevillano.

Una apuesta entre dos amigos será el camino que lleve a Don Juan al encuentro de Doña Inés. Don Juan y su amigo Don Luis Mejía hacen una apuesta doble, “quién de ambos sabía obrar peor, con mejor fortuna, en el término de un año” y “quién de los dos se batía en más duelos y quién seducía a más doncellas”. La historia comienza transcurrido el año y los amigos se encuentran en la hostería del Laurel de Buttarelli para ver quién había resultado ganador.

Pero, lo grave del asunto era que no solo había quedado en secreto entre ambos, sino que lo habían publicado a los cuatro vientos por toda Sevilla, y en la cita de la hostería en la noche mucha gente se reúne para saber de lo ocurrido con la apuesta. Y la divina providencia ya comienza a aparecer porque entran aquí ya en escena, el padre de nuestra protagonista femenina prometida a Don Juan, Don Gonzalo de Ulloa (comendador de Calatrava) e incluso el padre de Don Juan, Don Diego que va a ver “el monstruo de liviandad a quien pude dar el ser”.

Don Juan queda como claro vencedor, pero no tiene suficiente, se deja seducir por el nuevo reto que le propone su compañero de correrías y acepta conquistar lo único que le queda en su lista “una novicia que esté para profesar” y no solo eso, sino que además le increpa comprometiéndose a conquistar a la prometida de Don Luis, Doña Ana de Pantoja.

Pero, tanto atrevimiento y desvergüenza no es convenido por el comendador Don Gonzalo de Ulloa, que ve en peligro al honra de su hija prometida con Don Juan, y que lleva en un convento desde su infancia y deshace en ese mismo instante el matrimonio convenido, además de poner bajo arresto a los dos nobles por su osadía y malas artes.

Como Don Luis teme que Don Juan cumpla su amenaza logra salir de la cárcel y lo primero que hace es visitar a su prometida para contarle las intenciones de Don Juan, pero nada más salir es de nuevo apresado por Don Juan, que también consigue salir de la cárcel. Ahora lo único que le interesa es enterarse de la manera de entrar en el convento sin ser visto, cosa que obtiene de Brígida, beata comprada del convento. Pero, no sin dejar arreglado a su vuelta del convento la cita con Doña Ana al anochecer.

Don Juan cumple su plan perfecto a raja tabla, entra en la celda de Doña Inés que se encuentra leyendo una carta de éste y al verle cae desmayada, así aprovecha para llevársela a su casa. Cuando Don Gonzalo llega al convento ya es tarde, ya se anuncia la desaparición de su hija.

El lío está servido, porque ni Don Luis ni Don Gonzalo quieren dejar que Don Juan se salga con la suya, y pillan a los amantes unidos en su amor y dispuestos a todo. ¿De veras está ahí ya enamorado Don Juan de Doña Inés? ¿quizás su juegos peligrosos se vuelven contra él?. Se humilla ante el que debiera ser su suegro, mientras su amigo, que ya no lo es tanto espera en la habitación contigua. La tragedia está servida, Don Gonzalo recibe un balazo y Don Luis muere de la estacada perfecta de Don Juan, que huye en un bergatín hacia Italia.

Os reproduzco a continuación los versos de amor quizás más nombrados de la historia del teatro y a continuación el desenlace de la historia.

Escena III

DICHOS, DON JUAN

JUAN. ¿A dónde vais, doña Inés?

INÉS. Dejadme salir, don Juan.

JUAN. ¿Que os deje salir?

BRÍGIDA. Señor,
sabiendo ya el accidente
del fuego, estará impaciente
por su hija el comendador.

JUAN. ¡El fuego! ¡Ah! No os dé
cuidado
por don Gonzalo, que ya
dormir tranquilo le hará
el mensaje que le he enviado.

INÉS. ¿Le habéis dicho…?

JUAN. Que os hallabais
bajo mi amparo segura,
y el aura del campo pura,
libre, por fin, respirabais.
¡Cálmate, pues, vida mía!
Reposa aquí; y un momento
olvida de tu convento
la triste cárcel sombría.
¡Ah! ¿No es cierto, ángel de
amor,
que en esta apartada orilla
más pura la luna brilla
y se respira mejor?
Esta aura que vaga, llena
de los sencillos olores
de las campesinas flores
que brota esa orilla amena;
esa agua limpia y serena
que atraviesa sin temor
la barca del pescador
que espera cantando el día,
¿no es cierto, paloma mía,
que están respirando amor?
Esa armonía que el viento
recoge entre esos millares
de floridos olivares,
que agita con manso aliento;
ese dulcísimo acento
con que trina el ruiseñor
de sus copas morador,
llamando al cercano día,
¿no es verdad, gacela mía,
que están respirando amor?
Y estas palabras que están
filtrando insensiblemente
tu corazón, ya pendiente
de los labios de don Juan,
y cuyas ideas van
inflamando en su interior
un fuego germinador
no encendido todavía,
¿no es verdad, estrella mía,
que están respirando amor?
Y esas dos líquidas perlas
que se desprenden tranquilas
de tus radiantes pupilas
convidándome a beberlas,
evaporarse, a no verlas,
de sí mismas al calor;
y ese encendido color
que en tu semblante no había,
¿no es verdad, hermosa mía,
que están respirando amor?
¡Oh! Sí. bellísima Inés,
espejo y luz de mis ojos;
escucharme sin enojos,
como lo haces, amor es:
mira aquí a tus plantas, pues,
todo el altivo rigor
de este corazón traidor
que rendirse no creía,
adorando vida mía,
la esclavitud de tu amor.

INÉS. Callad, por Dios, ¡oh, don Juan!,
que no podré resistir
mucho tiempo sin morir,
tan nunca sentido afán.
¡Ah! Callad, por compasión,
que oyéndoos, me parece
que mi cerebro enloquece,
y se arde mi corazón.
¡Ah! Me habéis dado a beber
un filtro infernal sin duda,
que a rendiros os ayuda
la virtud de la mujer.
Tal vez poseéis, don Juan,
un misterioso amuleto,
que a vos me atrae en secreto
como irresistible imán.
Tal vez Satán puso en vos
su vista fascinadora,
su palabra seductora,
y el amor que negó a Dios.
¿Y qué he de hacer, ¡ay de mí!,
sino caer en vuestros brazos,
si el corazón en pedazos
me vais robando de aquí?
No, don Juan, en poder mío
resistirte no está ya:
yo voy a ti, como va
sorbido al mar ese río.
Tu presencia me enajena,
tus palabras me alucinan,
y tus ojos me fascinan,
y tu aliento me envenena.
¡Don Juan!, ¡don Juan!, yo lo
imploro
de tu hidalga compasión
o arráncame el corazón,
o ámame, porque te adoro.

JUAN. ¡Alma mía! Esa palabra
cambia de modo mi ser,
que alcanzo que puede hacer
hasta que el Edén se me abra.
No es, doña Inés, Satanás
quien pone este amor en mí:
es Dios, que quiere por ti
ganarme para él quizás
No; el amor que hoy se atesora
en mi corazón mortal,
no es un amor terrenal
como el que sentí hasta ahora;
no es esa chispa fugaz
que cualquier ráfaga apaga;
es incendio que se traga
cuanto ve, inmenso voraz.
Desecha, pues, tu inquietud,
bellísima doña Inés,
porque me siento a tus pies
capaz aún de la virtud.
Sí; iré mi orgullo a postrar
ante el buen comendador,
y o habrá de darme tu amor,
o me tendrá que matar,

INÉS. ¡Don Juan de mi corazón!

JUAN. ¡Silencio! ¿Habéis escuchado?

INÉS. ¿Qué?

JUAN. Sí, una barca ha atracado
(Mira por el balcón.)
debajo de ese balcón,
Un hombre embozado de ella
salta… Brígida, al momento
pasad a ese otro aposento,
y perdonad, Inés bella,
si solo me importa estar.

INÉS. ¿Tardarás?

JUAN. Poco ha de ser.

INÉS. A mi padre hemos de ver.

JUAN. Sí, en cuanto empiece a clarear.
Adiós.

 A su vuelta a Sevilla  tras cinco años en Italia Don Juan Tenorio solo encuentra muertos, sombras y almas que se mueven entre sepulcros.

Y es en la tumba de Inés, que muere de amor tras su marcha, donde ella misma le salva de acabar con sus huesos en el infierno, es el amor redentor e inocente de Inés que le lleva hasta la muerte, pero le salva del infierno. De rodillas Tenorio pide perdón al cielo y eleva su mano, que toma Inés y le cuenta que al entregar su propia alma salvó la de su amado.

En ese mismo instante todo queda liberado doña Inés cae sobre un lecho de flores y a su lado cae don Juan. De sus bocas salen sus almas como dos llamas brillantes que se pierden en el cielo al compás de la música. Al final el amor puede con todo.

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