DIA 359: La caja de pinturas de Fernando


Seguiré siendo fiel a ella hasta el final de mis días, nadie más en la tierra puede comprender el sentido de mi primer y verdadero amor, nadie entenderá lo que supuso para mi aquel día en que mi madre entró sin llamar en mi habitación como hacía habitualmente y con la voz temblorosa me dijo: “hijo, ahora sí que vas a hacer mi sueño realidad, con el obsequio que te entrego, solo te pediré una cosa… ábrelo y entonces te diré”. Sorprendido Fernando hizo caso de las indicaciones de su mami y procedió a desenvolver el objeto de forma cuadrada que su madre le hacía entrega, el papel era de estraza y estaba envuelto con mucha prisa, lo que le hizo pensar a Fernando que se trataba de algo muy importante para su madre tan detallista y que hacía las cosas con tanto cuidado, si lo había envuelto en aquel horrible papel de estraza y tan enrevesado a buen seguro se trataba de algo que jamás podría olvidar y así fue. Escondido en ese áspero papel marrón apareció una caja de madera de roble con olor a antiguo que Fernando ni tan siquiera se atrevía a abrir para descubrir que encontraría en su interior. Pero, sospechaba que algo maravilloso iba a presentarse ante sus ojos. Tubos de pintura rojos, verdes, blanco, azules, amarillos, negro, blancos… hasta plata y oro, los pinceles de todos los grosores y calidades, los barnices…, para, “hijo solo te pido una cosa a cambio del regalo que tanto esfuerzo me ha costado comprar, que me pintes un cuadro de una cacería inglesa, con todos sus perros, su zorrito, las amazonas, los jinetes, con su casacas de terciopelo rojo intenso… solo te pido eso, sé que dibujas muy bien hijo mío y que no te va a costar nada”. Y ahí descubrí mi vocación gracias a la caja de pinturas que mi madre me regaló, me tiré semanas, meses, cuadrando las patas de la veintena de perros que plasmé en el lienzo… hoy, soy pintor. A mis nueve años tenía mi primer encargo y una maravillosa caja de pinturas entre mis manos. La dejé a un lado y me abracé a mi madre, fui incapaz de decir nada, solo la achuché, mucho, mucho… y pensé, esté será el mejor regalo del mundo, esta va a ser mi chica. Y así ha sido desde entonces, me acompaña en mi estudio, sigue conmigo, es más, por ella, esos días de vacío, de cansancio, como digo yo que “me duelen hasta las moléculas”, me subo a mi buhardilla a pintar, y solo lo hago por ella. Mi vieja caja de pintura que tantas mezclas ha inspirado en mi paleta y mi caballete, compañeros todos inseparables de viaje. Hoy, luce viejita y un tanto descuidada, pero para nada arrinconada en el olvido, ella está presente en el día a día, en el momento de la creación, en mis nuevos colores, mis nuevas texturas, mis nuevas mezclas, mis alocados dibujos, composiciones… mis nuevas obras. Ella es sin duda mi primer gran amor, mi compañera inseparable e incondicional hasta la muerte. Nada ni nadie nos podrá separar. Lo primero que hicimos juntos fue un cuadro, un enorme cuadro con más de cuarenta perros Beagle, treinta caballos, el zorrito, decenas de escopetas, las amazonas, los jinetes… y mi madre tuvo el cuadro de sus sueños: “una romántica cacería inglesa al más puro estilo de Lord Byron” y yo el sueño de mi vida, mi gran amor, mi caja de pinturas.

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