DIA 146: LOS AMANTES DE TERUEL


Y el frío alasbastro conserva el amor de Isabel de Segura y Juan Martínez de Marcilla. El material del que está hecho el féretro es frío, pero la escultura es tan cálida y tan llena de amor y de vida, aún siendo un mausoleo, que no deja indiferente a  todos aquellos que la visitan para comprobar que allá por el siglo XIII en Teruel, dos almas se amaron hasta morir del primer beso de amor. Uno negado, el otro dado.

Ella, rica y pudiente, condescendiente con los designios que le marcaba el destino desposar un hombre rico indicado por su padre. Pero, se va a enamorar del joven Juan Martínez de Marcilla, que no pertenecía a tan alta cuna, como a su padre le gustaría. Desde chicos pasearon su amistad por los campos y calles de Teruel, y cuando Juan reclama su amor más tierno y sincero a Isabel, ésta le indica que nunca contradecirá a su padre en la decisión a tomar.

Se pacta entre ambas partes que Juan partirá a tierras lejanas a hacer fortuna y en plazo de cinco años si no vuelve lleno de riquezas, Isabel será desposada con quien Don Pedro, su padre, indique. Y así se hace. Juan parte a luchar con los moros a tierras lejana de oriente e Isabel se queda en Teruel, esperando a que fuera cual fuera su destino, llegue a cumplirse.

Juan buscó fortuna por mar y tierra. Peleando contra los moros, ganó pasados cinco años cien mil sueldos de fortuna para ganarse el beneplácito del padre de su amada. Cinco años con sus días y sus noches y cumplido el plazo Juan regresa.

Mientras en la villa, al ir a cumplirse los cinco años establecidos y al no volver Juan, a la jovén turolense no le queda otra que asentir en convertirse en la esposa de un hermano del señor de Albarracín.

-“Hija, mi deseo es que tomes compañía” –le dice Don Pedro. Y ella que no sabe nada de su amado asiente sin remedio. En seguida el padre la desposó y al poco tiempo se realizaron las bodas justo en el día que se cumple el plazo de los cinco años.

En el mismo instante que tañían las campanas por los desposorios de Isabel, entraba Juan triunfante y exhausto por la cuesta de la Andaquilla, que conduce a la villa de Teruel. Y al escuchar el repique de las campanas que indicaban la boda, no pudo por más que comenzar a llorar. “¿Tan cruel es el destino que en el mismo día que expira el plazo mi amor se halle ante el altar?. No puede ser verdad”. Al entrar en la iglesia y escuchar a Isabel dando el “sí quiero”, Juan creyó enloquecer. Al anochecer entre sigiloso en casa de Isabel con la esperanza de recibir al menos el último beso de su amada, para de nuevo partir en busca de otro destino.

Se coloca, pues, tras el lecho de su amada ya desposada y le susurra al oido:

-“Bésame, Isabel, que me muero”

-“No quiera Dios que yo falte a mi marido. Por la pasión de Jesucristo os suplico que busquéis a otra, que de mí no hagáis cuenta, pues si a Dios no ha complacido, tampoco me complace a mí.

– “Bésame que me muero, Isabel”, repitió Juan de nuevo.

– “No quiero” -repuso ella.

 

En ese mismo instante el cayó muerto. Todas las noches de los cinco años lejos de su amada, todos los días de lucha en el campo de batalla… lo único que le mantenía en píe era la esperanza de estar junto a su amada al regresar por el resto de sus días. Y su único deseo era tomar los labios de Isabel para poder besarlos por siempre. Y ahora…

Isabel no sabe que hacer y despierta a su marido recien desposado con la excusa de que ronca mucho y le hacía sentir miedo y él entonces el cuenta una burla y ella le cuenta otro, pero este de verdad. Que cree que Juan yace tras el lecho muerto, no lo cree a buen seguro, está muerto.

Sin salir de su asombro el marido la regaña

–Oh! Malvada, y ¿por qué no le has besado?

– Por no faltar a mi marido.

– Eres digna de alabanzas. Si las gentes saben que aquí ha muerto, dirán que yo lo he matado y seré puesto en gran apuro. -Gritaba, exaltado, corriendo de un lado a otro de la habitación.

Así pues llevan a Juan a casa de su padre y nadie jamás supo que el amante murió a los pies del lecho de su amada. Y comienzan los funerales por el guerrero recién llegado y muerto por circunstancias incomprensibles a la mente humana. Aunque por Teruel ya se comentaba que el amor había sido la certera daga.

Y la joven Isabel no puede dejar de pensar que hubiera sido de él, ¿y si le hubiera besado?, ¡un beso, tan solo un beso nada más!. Un beso de amor sincero por el que él había esperado los cinco años que había durado la empresa convenida por ambos. Siguiendo pues el féretro con las plañideras de acompañamiento Isabel se acerca para besarle, aparta la mortaja y le besa tan fuerte, que allí mismo muere sin más ni más. Las mujeres corren para evitar el encuentro, pero llegan tarde porque el destino allí, se cumple siniestro, los dos jóvenes amantes, yacen ya muertos, los dos para siempre.

Y así es su mausoleo en Teruel, los dos juntos posan para la eternidad, para enseñarnos a todos que el amor traspasa todas las barreras que el hombre quiera poner. La tradición asegura que murieron de amor, por eso fueron enterrados juntos, y juntos permanecen hasta hoy.

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