DIA 109: La carta de Ana


Querido amor:

Un día llegaste y me invadiste. Por primera vez. Por entonces, la ingenuidad y la ilusión de una adolescente que quiere comerse el mundo me llenaba el corazón… y la vida. Así, soñé con que te quedarías por siempre conmigo, porque no concebía otra manera de vivir si no era a tu lado, o mejor, tú al mío. Te marchaste y después comprendí que has vuelto a mí en varias ocasiones, que te has quedado conmigo mucho más tiempo e incluso hemos podido sentarnos a tomar un café juntos para analizarnos y comprendernos. Pero la verdad es que recuerdo en numerosas ocasiones el momento en el que te conocí, la primera vez que te vi. Te pusiste en medio de dos jóvenes que tenían demasiadas ganas de vivir y a los que la inocencia a veces cegaba.

Recuerdo el día en que le miré por primera vez, coincidíamos en una clase optativa un par de veces a la semana y para mí era el momento más emocionante del día, el momento en el que me sentaría a escasos metros suyos y casi sentiría su respiración. El momento en el que su olor invadía mi ser.  Y tú, amor, ya pululabas por ahí, haciéndome creer que aquello podía durar mucho tiempo, y yo te decía que no, que era imposible; él era un chico mayor que yo, con otra vida en la cabeza ¿por qué se iba a fijar en mí? Y tú dale que dale, intercediendo y haciéndome soñar cada minuto.

Por aquel entonces yo tenía la manía (y aún la conservo en cierto modo) de apuntar cada día en una agenda una frase que por divertida, sonrojante, o emocionante me hubiera llamado la atención. La de un martes de noviembre fue la que salió de sus labios al pasar por mi lado, una canción que no paró de sonar en mi cabeza durante mucho tiempo: “Esta mujer me está matando”. Unas palabras que susurró cuando estuvo cerca de mi oído. Y mientras tú mirabas, amor, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Yo solo esperaba que algún día desaparecieras, porque en el fondo sabía que una historia de amor, real, era imposible. Pero me equivoqué. O quizás solo me equivoqué por un tiempo…

Recuerdo el día en que me dijo que me llevaba a casa al salir del instituto, recuerdo la primera vez que sus labios rozaron los míos, recuerdo la manera en que empezaba a descubrir la vida y recuerdo con la pasión que me decía que no se separaría de mí jamás. ¿Por qué dejaste que me lo creyera? Muchas veces, te lo tengo que confesar, te he maldicho, he querido que no volvieras nunca más a mi vida porque hiciste que creyera una ilusión y de pronto, me estampaste contra el suelo. Pero con el tiempo, la vida gira por otros derroteros y ya te he perdonado y, por supuesto, te he agradecido más de mil veces que volvieras a entrar en mi vida. Pero aún no he olvidado lo sola que me dejaste cuando te marchaste.

Aún así, recuerdo todos y cada uno de los momentos que me hiciste pasar con él, los viajes, las cenas, las risas y los llantos, que también fueron muchos. La alegría y la ilusión que me invadió aquel tiempo porque ahora con la madurez que te da el tiempo y la perspectiva que te brinda, sé que viví un cuento de hadas en cada exhalación del aire que respiraba… De tu aire…

Él, por el incesante tiovivo que llevaba, y supongo, todavía seguirá llevando dentro, dejó de quererme y no le culpo por eso, ni siquiera a ti, amor, que te marchaste de repente, solo que caí del cielo al suelo demasiado rápido y las secuelas duraron mucho más tiempo del que deberían. Él cambió su vida, rompiendo todas y cada unas de sus promesas; y creció y voló. Hoy surca los cielos con su gorra y sus cuatro galones. Y yo cada vez que miro al cielo y veo un avión cojo aire muy fuerte y le imagino a miles de pies sobre mí, como si él también pudiera verme. Y luego te agradezco que hayas vuelto conmigo con otra forma y otro nombre pero con las mismas dosis de ilusión, porque en el fondo ¿quién, si no tú, me iba a acompañar el resto de mi vida?

Con cariño,

Ana.

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