DIA 93: La Ribera del Manzanares


Me crié en la Ribera del Manzanares, los veranos eran húmedos pero el sol hacía las delicias de nuestras tardes de adolescencia. En invierno el frío hacía estragos porque se unía a la humedad del río, pero a pesar de las inclemencias del tiempo salíamos siempre a jugar a la calle, junto al río. La primavera y el otoño, jamás logré identificarlos en Madrid.

Entre los patos, las palomas, las ranas, los chavales de un margen y del otro y en tres puentes a la redonda, mi pandilla era la líder del río. Éramos campeones en todo, las tabas, la peonza, el aro, el látigo, el churro, media manga, manga entera… Pero, en lo que nos llevábamos la palma era en el ajedrez. Junto al río, había una mesas de granito con un tablero de ajedrez pintado. Organizábamos campeonatos con un montón de participantes, y nuestro equipo el de la margen izquierda siempre resultaba vencedor.

Todos éramos nacidos en Madrid, pero un verano apareció Esther, una chica cordobesa, que venía a pasar el verano a casa de su abuelita, que vivía en la margen derecha del río. Todos estábamos emocionados con la recién llegada, las batallas campales con la pandilla de la margen contraria tomaron un nuevo aliciente. “La nueva”, enseguida investigamos su procedencia, su nombre, nombramos a Paco, el más canijo, como avanzadilla para que espiara todas la noches sus movimiento al volver a casa… Recuerdo como algo muy emocionante cuando Paco volvía de sus labores de espionaje, y nos relataba los detalles sobre Esther, su ropa, su peinado, con quién se iba o quién no de la margen derecha, que había contado, a que había jugado… Pero, el día que nos contó que jugaba al ajedrez y que se rumoreaba que era campeona de Córdoba, ese día pensé, “esta, va a ser mía, lo se”.

Comenzamos a preparar el campeonato de ese año. Y llegó el día. Las eliminatorias fueron duras, había mucho nivel ese año, claro, tantos años de campeonatos, nos habían convertido a todos en unos hachas.

Recuerdo unos nervios terribles porque según avanzaba el campeonato Esther, ganaba y  ganaba y yo lo mismo. Llegó la final, y allí estaba ella frente a mi. Nos separaban las torres, los caballos, alfiles, peones, rey y reina. La excitación me llevó al bloqueo, y en ocho movimientos el jaque mate. No recuerdo nada de la partida, solo que no podía dejar de mirar a “la nueva”, ella, mirada esquiva, concentrada en la partida, se salió con la suya. ¡Vencedora en ocho movimientos!.

El romance comenzó al día siguiente la invité a merendar chocolate con churros, al día siguiente me llevó a casa de su abuela a merendar pan con chocolate, yo andaba como tonto detrás de ella, mis amigos decían que estaba como ausente todo el día. Me sentaba en la orilla del río, con un palito dibujaba corazones en el agua. Con una rotu, dibuje un corazón debajo de la mesa donde se produjo la victoria de Esther. Todas las noches me iba a la reja de la ventana de casa de la abuela de Esther y le recitaba poemas de amor. Los chicos de mi pandilla me decían que cómo me había enamorado de una chica de culo tan amplio… pero yo la veía tan perfecta, tan guapa, tan inteligente, tan… Insistía en que “dejara de pelar la pava”, y que entrara en acción o que la dejara, que me echaban de menos, porque apenas les veía, tan enfrascado que estaba en mi relación adolescente.

El verano avanzaba sin piedad, y yo intuía que el final iba a ser catastrófico, insoportable la pérdida. Y todo mi afán era al menos robarle un beso en la mejilla. Sucedió, no fue en la mejilla, sino en los labios, la noche del domingo 28 de agosto, el lunes ella partía para su Córdoba natal.

Estuvimos todo el año escribiéndonos cartas, hablando por teléfono, poco, porque era conferencia, no había tarifas planas como ahora. Abrigaba la esperanza de que ella volviera a pasar el siguiente verano en casa de su abuela, pero la mandaron a estudiar inglés a Londres. Entonces las cartas, las llamadas comenzaron a espaciarse, ella conoció a un chico y se casó, yo me fui a vivir con mi actual pareja, ya que me niego a pasar por el trago de una boda, y un día…ya adultos nos volvíamos a encontrar en la cafetería “Hontanares” en avenida América.

Llovía a mares, pasamos, tomamos un par de tes y nos contamos nuestras vidas, pero de aquel verano no hablamos. Egoístamente tengo que reconocer, que a pesar de todo lo que habíamos compartido Esther me parecía una completa extraña, estaba feísima, y el engrosamiento del culo se había expandido por todo el cuerpo. Aquella niña ideal que me había ganado al ajedrez era una imagen que no tenía nada que ver con la Esther que tenía delante de mi. De vez en cuando hablamos, aunque no hemos vuelto a quedar. Sinceramente no se que pude ver en ella, me pregunto que desvarío me invadiría a mis 16 años para quedar prendado de ella y por más que busco no he vuelto a encontrar esa sensación de ingravidez que me invadió cuando la conocí en la margen izquierda de la Ribera del Manzanares.

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