DIA 76: Diario del primer amor. GIACOMO LEOPARDI


Además de investigar en la red, os estoy recopilando historias de primeros amores que otros autores han publicado. Es el caso de Giacomo Leopardi y su libro “Diario del Primer Amor”, en el que el protagonista del relato se enamora de su prima, a la cual por supuesto ni se puede llegar a plantear consumar una relación. Os he extractado pensamientos en los que descubrimos el estado de ánimo del autor que entra en un proceso que para mi roza la depresión ante el sentimiento de amor frustrado.

Se trata de la dama de Pésaro, prima del padre del autor, de veintiséis años, casada con un hombre de más de cincuenta, grande y bonachón, ella “más alta y fornida que cualquier mujer que hubiera visto nunca, aunque de rostro en absoluto vulgar, rasgos entre marcados y delicados, tez de bonito color, ojos muy negros, pelo castaño, maneras suaves y, a mi entender, graciosas, en absoluto afectadas y quizá algo toscas, muy características de las damas de Romaña y especialmente de las de Pésaro, muy diferentes, aunque por peculiaridad inefable, a nuestras marquesanas”.

La escena del encuentro amoroso se produce durante unas partidas de cartas y ajedrez en casa del autor. Pero, el proceso de enamoramiento es unidireccional, ella jamás responde a las llamadas de él, es solo nuestro enamorado el que sufre el disparo de la flecha de Cupido. “Aquella noche la vi, y no me desagradó, pero apenas le dije unas palabras, y no pensé mucho en ella. El viernes, con sequedad, le dije dos palabras antes de la comida. Comimos juntos, yo, como suelo, taciturno, sin apartar la vista de ella, pero con el deleite frío e indiscreto del que contempla un rostro muy hermoso, un deleite mucho mayor que si hubiese contemplado una bella pintura”. Había hecho lo mismo la noche anterior durante la cena. La noche del viernes, mis hermanos jugaron con ella a cartas. Los envidié mucho, porque tuve que jugar una partida de ajedrez con otro…”

Tras esa partida le enseña a jugar al ajedrez y descubre que es una mujer muy inteligente. Comparte mesa y risas con la bella mujer, pero al día siguiente se irá. “…que no la volvería a ver más. Al acostarme examiné los sentimientos de mi corazón, que eran, en sustancia, atolondrada inquietud, descontento, melancolía, cierta dulzura, mucho afecto, y un deseo, no sabía ni sé de qué, como tampoco veía, entre lo que estaba a mi alcance, nada que pudiera contentarme”.

Y llega el momento de la partida de la dama de Pésaro, y es ahí donde comienza la tragedia, ni el sueño, ni el apetito, ni los entretenimientos, ni la vida… volverán a ser lo mismo para nuestro autor. “Ahora estoy con un gran vacío y con el corazón amargamente oprimido. Porque mi corazón está ahora tiernamente entregado a su objeto, de forma única y exclusiva, pues estos pensamientos han tornado mi mente y mi mirada sobremanera esquivas y comedidas para cualquier otro, hasta el punto de que no puedo fijar la vista en ningún rostro, igual da que sea feo (porque me causa mayor o menor tedio, eso es algo que no puedo ni discernir), o hermoso para cualquiera, ni en figuras o cosas semejantes; y es que me parece que esta vista contamina la pureza de aquellos pensamientos, de aquella idea y de aquella imagen inspiradora y tan presente que guardo en mi mente. Así, cuando oigo hablar de aquella persona, siento el mismo estremecimiento y tormento que cuando se toca y palpa una parte del cuerpo muy dolorida, y a menudo tengo rabia y náuseas; como también me repugnan y me alteran las pláticas alegres, y, además de permanecer casi siempre callado, casi nunca atiendo lo que dicen los demás, menos aún cuando me asaltan esos pensamientos. Comparados con los cuales todo me parece que es sórdido, y desprecio muchas cosas que antes no despreciaba, incluso el estudio, para el que mi intelecto se ha cerrado del todo, y diría que también, aunque quizá no completamente, la gloria. Y estoy muy inapetente, lo cual observo que no es corriente ni en las mayores angustias, por lo que sólo puede ser indicio de una auténtica turbación.

Si esto es amor, que lo sé, por vez primera lo experimento a una edad en la que conviene recapacitar sobre ello. Heme aquí, pues con diecinueve años y medio, ya enamorado. Y me doy perfecta cuenta de que el amor ha de ser cosa muy amarga, y que yo, lamentablemente (hablo del amor tierno y sentimental), seré siempre su esclavo. Aunque estoy seguro de que este amor (el cual, como pensé anoche, casi cuando terminamos de jugar, muy probablemente es fruto de la inexperiencia y de la novedad del deleite), lo curará el tiempo dentro de muy poco: no sé si esto me gusta o no, aunque la prudencia me induce a decirme que sí. Pero ya que de todas formas quiero aliviar mi corazón, y para ello no conozco, ni quiero conocer, otro medio que la escritura, hoy, después de resistírseme el verso, he escrito estas líneas, asimismo con el fin de escudriñar bien en las vísceras del amor, y con el de poder evocar siempre y cabalmente la primera vez que entró esta pasión soberana en mi corazón”.

Y los “afectos”, como el autor llama al amor, siguen provocándole un desequilibrio emocional que no termina por resolverse en el libro. El sufrimiento del autor es terrible “…con el alma vacía o, más bien, llena de tedio (excepto en el ardor de aquellos pensamientos), porque no encuentro nada digno que ocupe mi mente y mi cuerpo, y, toda vez que considero que lo único realmente deseable y digno de mi es aquel deleite que he perdido, o que es más elevado, al menos, que cualquier otro que pudiera conseguir…”.

Es increíble que un amor no consumado llegue a provocar tanto dolor, prácticamente un mes sin comer, ni dormir, y como os conté que deja en abierto, sin solución, nos cuenta: “Y no digo que lamentaría cualquier circunstancia que pudiera resucitar o reavivar en mi corazón esta pasión porque me avergüence de ella, ya que no ha habido en el mundo un afecto más puro y platónico que el mío, ni ninguno que haya eludido tanto cualquier asomo de bajeza, ni al que, por su propia naturaleza, no por mi intervención, le entristezca ni horrorice tanto la menor sospecha de indignidad. Lo digo por la infelicidad que genera. Pues, si cierta bruma de melancolía afectuosa, como la que yo experimenté en los últimos días, no es agradable, e incluso deleita sin casi turbarnos, no puede predicarse lo mismo de la soledad, el deseo, la insatisfacción, la inquietud y la angustia que acompañan el momento más intenso de la pasión, que nos vuelven atribulados y desdichados.

Yo pude conocer esa desdicha la primera noche y en los dos primeros días de mi enfermedad, en los cuales juzgo que profunda e íntimamente sentí el amor. EXPLICO cuáles fueron los síntomas y las características y, en conclusión, la índole de mi primer amor, en los papeles que escribí en el mayor ardor de los afectos”.

 

Y luego dicen, que los hombres no se enamoran.
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