DIA 73: Ojos verdes color aceituna


A continuación vais a ser testigos de uno de mis interrogatorios para sacar el testimonio de un enamorado tímido. Ese que sabes que tiene una historia preciosa que contar y que está deseando soltar, que dice que no, que no, una y otra vez… pero que al final. Confiesa porque le pierde el amor que un día sintió.

– ¿Cómo era ella?.

– Ojos verdes color aceituna, 17 años, cordobesa altiva, cual lucero… que no, que no te cuento nada.

– Anda venga, si no voy a dar nombres, no seas tímido, cuéntamelo. Relátame cómo surgió esa magia que me cuentan tus ojos y no tu boca. Se te nota en la mirada que estabas coladito por ella y que sigues amándola, aunque haya pasado mucho tiempo.

– Es que en aquella época era distinto, no tenía nada que ver con esta.

– No estoy de acuerdo, le dije yo, el primer amor sea en la época que sea, es el primero, es el que deja una huella imborrable.

– Bueno, si, te refieres a las sensaciones, esas que se ponen en el estómago, las que sentía cuando miraba a mi cordobesa. El corazón es un músculo, y las sensaciones están en el estómago. Cada vez que ella aparecía me daba un vuelco el estómago, y no cómo cantan los poetas un “vuelco al corazón”.

– Pero, anda confiesa ¿cómo sucedió?.

– Mira, al final te lo voy a tener que contar. En mi pueblo, por esa época, por eso te digo que la época influye, las fiestas se hacían en la casas, no se salía por ahí. Nosotros por menos de na, con un buen jamón, una aceitunas, un queso, una tortilla de papas y un buen vino… y por supuesto la guitarra y el cajón, ya teníamos la juerga montada. Y en una de esas apareció ella, recién llegada al pueblo mío, de la capital. La he “querio” toda mi vida, siempre desde el respeto, como nunca he querido, ni querré a nadie.

– Y tu, ¿qué edad tenías por entonces?.

– Como ella, 17.

– Y no me creo que no te hubiera gustado ya otra mujer antes que esta cordobesa.

– Bueno, es que antes éramos más “antigüetes”, de pequeños, solo jugábamos al fútbol, otros les daba por torear vaquillas, las chapas, el cante, el baile, el pañuelo… la niñez y la infancia eran muchos más largos. Sobre esa edad, sobre los 17 es cuando empezábamos a tontear, cuando se despertaba la lívido, que se dice, ¿no?. Para mi que los niños de ahora son demasiado precoces. Viven la vida más deprisa, pero, se aburren antes, claro. Lo poco gusta y lo mucho cansa.

– Bueno, pero ya te has lanzado por fin a contármelo, dime cómo se lo dijiste.

– Lanzaó, muy lanzaó, ¡unos nervios que tenía, pero me lancé. Me temblaban las piernas… pero, ¿estás grabando?

– Anda claro, quiero contarlo tal y cual lo expresas tú, para que no pierda su esencia, pero te prometo no dar nombres… luego tú reconocerás la historia, pero solo tú y nada más que tú.

Me miraba no muy convencido, guiñando el rabillo del ojo hacía la grabadora viéndola como un aparato infame, que le “cortaba” mogollón, pero continúo, conseguí que siguiera con la historia.

– Pues eso, un temblor de piernas que no había quién lo aguantara, el estómago que te daba mil vueltas, el corazón cual músculo aceleraó a mil por hora… no sabías si estabas enamoraó, si estabas loco, o habías perdido la cabeza. Mira para decírselo le compuse estos versos:

¿Quién se lo dijo al agua…

que dejó de murmurar al entrar en la laguna?

Permaneciendo en silencio para poder escuchar

¿quién se lo dijo al agua?,

¿la encina?, que mueve sus ojos cuando nos ve llegar

¿quién se lo dijo al agua?,

que riendo se va por las orillas que nada ni nadie nos podrá separar.

¿quién se lo dijo al agua?.

– Pero, ¡qué bonito!, ¡jo! a mi nadie se me ha declarado de esa manera, ¡qué envidia, me da la cordobesa!. Y después de declararle tu amor a la cordobesa, ¿qué paso?

– Estuvimos cuatro años saliendo… pero para la cinta que me pongo muy nervioso. Y paré la cinta, es decir la grabadora digital, porque no había manera de que me contará más, pero después de pronto alguien sacó una guitarra, el vino siguió corriendo por doquier y entre susurros y a la luz ya del atardecer que entraba en el comedor desde la viña, mi amigo, de cuyo nombre no voy a acordarme, recitó este poema a su amada cordobesa, con unos acordes improvisados de la guitarra de fondo.

Tres monedas y la plaza se encendía Iluminando solo la Iglesia pues su rostro lo tenía

¡Qué inmensa ella se hacía! y yo la ofrecía mi alma

Ella, su alma me abría.

Huracanes de sentimientos a mi llegaban

envolviéndonos la brisa cuando su mano sentía.

Aunque al pasar las monedas la plaza se obscurecía

Ya no hay noche para mi, solo día

Y a la luz de su mirada La plaza de San Carlos del Valle dejaba como vacía,

¡Qué inmensa ella se hacía!

Y luego siguió la juerga allí deje a mi amigo con sus amiguetes de la infancia, recordando a su primer amor, entre cantos y palmas…al amparo de la guitarra.

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