DIA 57: Ana y el mimo… A quai


Las Navidades eran mágicas para la pequeña Ana, pero no por el Belén, las Campanillas, o el árbol… ni tan siquiera por los Reyes Magos… las Navidades eran mágicas porque llegaba el circo, con sus malabaristas, el oso equilibrista, los leones, los elefantes, los funambulistas, los payasos… Ana esperaba con ilusión que las calles se llenaran de luces y más luces de Navidad, eso significaba que al final de la Avenida Monforte de Lemos la carpa del circo comenzaba a levantarse poco a poco y el día 5, día de su cumpleaños Ana entraría por el arco de luz y colores fosforito para entrar en la magia que la conquistó desde no sabía cuándo, porque siempre había vivido en su corazón.

Todos los años el día 4 de enero al anochecer preparaba su gorro y su bufanda rosa, su abrigo de peluche marrón y sus zapatitos de charol rojo, al día siguiente llegaría el gran día y tenía que estar preparada. Apenas podía conciliar el sueño, se imaginaba que tras terminar la función se soltaba de la mano de su abuelita y se escondía bajo las gradas del circo. Allí en un rinconcito se había un ovillo y esperaba a que todos se fueran.

Soñaba que al día siguiente cuando empezaran los ensayos muy de mañana ella salía en medio de la pista, hacía miles de piruetas y cabriolas y todos los componentes del circo la aplaudían y el señor gordo presentador, que resultaba ser el gerente del cotarro, la contrataba y se iba de gira con todos ellos, por todos los lugares del mundo, Paris, Roma, Pekín, Viena, Berlín… y hasta Australia.

Podía ver cómo un gran cartel de letras luminosas rosa fosforito anunciaba: LA GRAN ANA CONTORSIONISTA presenta su número inaudito, por todo el mundo en Gira Mundial. Y su espectáculo hacía las delicias de niños y mayores, todos se levantaban de sus asientos como poseídos, estasiados por su maestría en la ejecución de su gran espectáculo.

¡Y llegó el día 5 del año que cumplía 8 años, y se asió de la mano de su abuelita y de su padre y caminó con sus zapatitos de charol rojo, su bufanda y gorro rosas y su abrigo de peluche marrón por la avenida Monforte de Lemos y allí estaba, EL GRAN CIRCO MUNDIAL y cruzó el arco de luces y entró en la mágica carpa blanca y roja y ¡comenzó el espectáculo!.

Salieron los malabaristas, el oso equilibrista, los leones, los elefantes, los funambulistas y cómo no en el ecuador del espectáculo salieron los payasos, pero este año los carteles anunciaban un nuevo número de mimo, ella ni se había fijado, esperaba a sus payasetes de nariz roja redonda, con su xilófono, platillos y trombón. Pero, no fue así, un niño de su misma edad, ataviado de una mayas doradas, la cara toda cubierta de maquillaje aún más dorado, y unos redondos ojos azules que sobresalían entre tantos brillos salió a escena. Sus ojos se clavaron en los ojos negros de Ana.

La miró, dio dos volteretas y sin darse apenas cuenta Ana le tenía ante ella, le tendió su mano mientras el bello tema de Yann Tiersen, “A Quai” comenzaba a sonar de fondo, todas las luces de la carpa se apagaron, y el cañón de luz dorada apuntó al centro de la pista cual haz de luz mágica, como un tubo de potente fantasía que alumbraba el preludio de un hecho más que increíble.

El mimo cogió a Ana en brazos y se fue derechito al cañón de luz. La dejó suavemente en el suelo como quién deja caer un pañuelo de seda, y comenzó a bailar con ella “A Quai” que sonaba suave y lento, deprisa y a contratiempo.

El público se desvaneció entre la nada, las gradas se llenaron de niebla, y solo la luz dorada alumbraba a Ana y al mimo. Ella comenzó a girar, y girar… y A Quai, no paraba de sonar…. Ana giraba y giraba y de pronto comenzó a elevarse hacia hacía el pináculo de la carpa, ¿cuándo le habían puesto el arnés que la elevaba hacia las alturas?, y giraba y giraba, y A Quai sonaba y sonaba… y el Mimo no paraba de mirarla. Menos mal que había venido ataviada de sus preciosos zapatitos de charol rojos, porque se sentía toda una estrella entre tanta luz dorada, y seguía ascendiendo y ascendiendo sin parar a de girar.

De pronto, un viento eterno y estúpido comenzó a soplar, y se llevó la niebla y Ana comenzó a ver al público en sus gradas de pie aplaudiendo, y el mimo que la esperaba abajo la recogió al descender, y el público aplaudía y aplaudía sin parar y el Mimo en volandas la devolvió a la realidad de su asiento entre las gradas junto a su abuelita y su papi.

Nunca en ninguno de sus sueños de las noches del 4 de enero Ana había vivido algo así…. Pero, a partir de ahora lo guardaría entre sus tesoros de ensoñación dorada, porque nunca más volvió a ver al Mimo, y cuando creció, aunque seguía yendo al Circo jamás volvió a ser lo mismo. Cuentan que el Mimo, murió de llorar y llorar por el amor de una niña que sacó a la pista a bailar el “A Quai” de Yann Tiersen en la carpa del circo ubicada al final de la Avenida Monforte de Lemos.

Y ella nunca dejo de escuchar esta bella melodía todos los días de su vida al despertar y antes de ir a dormir. Y anhelaba esperanzaba de nuevo algún día volverla a bailar con el mimo que desde aquel día, ya siempre la hizo soñar en dorado.

LO IDEAL DE ESTE TEXTO ES QUE LO LEAIS, MIENTRAS ESCUCHAIS A QUAI… al igual que yo lo he escrito. Ahí va el video para que lo escuchéis.

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