DIA 56: Habíamos llegado a nuestro destino…


Como hoy es mi cumpleaños, os voy a relatar la historia que adoraba escuchar cuando era pequeñita, era como un cuento para mi que una y otra vez hacía repetir a mi mamá. “Mami, ¿cómo os conocisteis  papá y tu?. Y ella comenzaba a relatar, más o menos así, su historia de amor, por la cual yo estoy en este mundo.

“Mi vida no fue muy fácil que digamos, huérfana de padre a los 6 años y de madre a los 8, ¡imagínate!. Mi hermano mayor, tu tío Juan se hizo cargo de las pequeñas de la casa, yo y la tía Loli. El curso lo pasábamos con las monjas en un orfanato y los veranos íbamos a Linares a casa de mi hermano. Allí éramos muy felices, porque tanto el tito Juan como mi cuñada Pepa nos cuidaban como si fuéramos sus hijas. La diferencia de edad con mi hermano propició que al menos conociera algo parecido al padre que me faltaba y Pepa, era, lo más parecido a un ángel.

Las tardes de cante y baile en la puerta de casa, atardecer de flamenco, la Feria de agosto, el mercadillo donde mi cuñada nos compraba toda la ropita para estar en septiembre preparadísimas para ir al colegio… el gazpacho, los caracoles, el olor a hierbabuena del patio andaluz de mi hermano perduran en mi memoria como un recuerdo de la infancia inolvidable. No tengo la impresión de no haber conocido padres, porque mi Juanillo hizo tan feliz… que nunca lo eché de menos.

Mi hermana Loli era muy mala estudiante y apenas aprendió a coser, cocinar y planchar, lo que enseñaban las monjas para que al menos tuviera oficio en la vida. Pero yo aproveché bien el paso por el colegio y salí preparada con mi secretariado, contabilidad y mecanografía, que después me abrieron paso en la capital para valerme por mi cuenta. Nuestra hermana segunda vivía en Barcelona y cuando terminamos el colegio se llevó a Loli para cuidar de ella, pero yo decidí abrirme paso en Madrid.

Con mis buenas notas me salieron tres trabajos a cual el mejor y precisamente en el segundo que estuve el dueño de la empresa, amigo de mi hermano, me cogió tanto cariño, que más adelante fue incluso tu padrino de Bautizo.

Aunque estaba bien colocada en Madrid, y viviendo en una residencia de monjas las vacaciones y puentes me iba a Linares con mi hermanico y Pepa. En eso, conocí a un chico portugués, y comenzamos nuestro noviazgo, como entonces… salir al cine, a pasear al Retiro, una café a media tarde… y en poco tiempo me pidió en matrimonio, y yo ni corta ni perezosa le dije que sí, le pidió la mano a Juan y yo me trasladé en el verano a Lisboa para iniciar los preparativos de la boda.

Pero, ¡no te puedes imaginar lo que me encontré allí!, mi novio estaba totalmente hipnotizado por su madre, ella ya había amueblado el piso donde íbamos a vivir, había solicitado plaza ya en un colegio de renombre para nuestros hijos, bueno, si hasta me había elegido y puesto las cortinas, las mantelerías y la cristalería. Me entró el pánico, cogí el tren para Madrid y luego Linares, y le dejé plantado allí con las invitaciones de la boda impresas y hasta enviadas. Me ví, como la del Titanic, con una vida ya construida, para mi por otra persona. Y después de lo que había luchado por sacar adelante mis estudios, mi vida sola en Madrid, no iba a consentir que me convirtieran en una duquesita llena de hijos, y a las ordenes de su bruja suegra, porque era lo más parecido que sentía.

No lo recuerdo con tristeza y jamás le he echado de menos, es más lo recuerdo como un alivio, como que me quité un peso de encima. Total, que pasé el resto de las vacaciones en Linares, con mis primos, las primas, los amigos, la Feria… me recuperé enseguida, si es que había algo de que recuperarse.

Y de nuevo, otro septiembre, a volver a la rutina. Y en el tren ocurrió el milagro. Tras la juerga de la Feria, apenas había descansado, y aprovechando hasta el último momento me monté en el tren agotada, pensé, bueno, así me duermo y el viaje se me hará más cortito. Y así fue. En cuanto coloqué la maleta en el portaequipajes, cogí una almohadita, posé mi cabeza y ¡a dormir!.

Ya no recuerdo más, solo que de pronto oí una voz lejana que avisaba que la próxima parada era Atocha, el final del trayecto y poco a poco abrí los ojos, me desperecé y… Dios mío ¿dónde tenía apoyada la cabeza?, pero, si yo, cuando de dormí no tenía a nadie al lado y ahora mi cabeza estaba apoyada en el hombro de un hombre. Mis mejillas comenzaron a arder porque el rubor era tal que parecía fuego. ¡Qué vergüenza, Dios mío!, ¿qué va a pensar este hombre?, ¡qué soy una fresca, seguro!. No me atrevía a despegar mi oreja del hombro sobre el que estaba posada, ¿qué le diría?, ¡puf!… pero, claro no me iba a quedar ahí eternamente, el revisor había dicho, “final del trayecto”, “final del trayecto”, resonaba y resonaba en mi cabeza… “final del trayecto”… fue entonces cuando la grave voz del hombre que sostenía mi cabeza comenzó a susurrarme en la oreja, claro, en la otra, la que se suspendía en el aire, al otro lado de la traicionera que se apoyaba en el hombro del hombre.

“Señorita, señorita, llegamos a Madrid, llegamos a nuestro destino… cuando se incorpore puede usted hacer como que nos conocemos de siempre, así no pasará vergüenza al haberse quedado dormida sobre el hombro de un desconocido, me llamó Pedro, de Castellar ,Jaén, para más señas”.

Habíamos llegado a nuestro destino… eso dijo, abrí los ojos del todo me incorporé y le miré. Nunca en mi vida me han vuelto a clavar la mirada de esa manera, los colores del proceso de ruborización aumentaron, el corazón se aceleró de tal manera, que se me salía de la caja… y sus ojos expectantes seguían ahí mirando a los míos.

“¡Uy, Pedro, me quedé dormida y todo… toíto… el camino, apenas hemos podido comentar lo bien que lo hemos pasado en la Feria de Linares, y tu, ¿qué tal has hecho el viaje?. Lo dije bien alto para que lo oyera todo el tren, porque en esos tiempos en seguida te ponían la cruz, me levanté como si tal, aunque por dentro me moría de la vergüenza y me levanté, afortunadamente el tren había parado, ya estábamos en Atocha.

Me ayudó con mi maleta, y no cruzamos palabra hasta salir de la estación. Mi corazón seguía latiendo acelerado, y me encontraba un poco mareada, así es que solicité a mi desconocido improvisado que me acompañara a tomar una tila a la cafetería frente a la estación, ya que sino me iba a desmayar allí mismo, tras el maltrago pasado, pero… por dentro, pensaba, pero ¡qué guapo es!, y ha dicho que hemos llegado a nuestro destino.

Y hasta hoy, hija… tu padre dijo que era nuestro destino la estación, y ya ves, ha sido nuestro destino en la vida. Siempre me ha tratado como una princesa, decía que era como Sisi emperatriz, la cual gustaba de viajar en tren, y que yo encima había encontrado al amor de mi vida en uno. Luego, como ya sabes, yo de Linares, el de Castellar, los dos de Jaén, y ¡mira!, nunca nos habíamos visto, el había venido a muchas Ferias de Linares, salía por allí muchas veces, pero… el destino nos unió en el tren y en Madrid, donde hemos vivido y seguimos viviendo nuestra historia de amor”.

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