DIA 34: Sevilla…


Este blog crece y crece… Cada día una cosa nueva, esta historia a petición de su autora la reproduzco tal cual me la escribe mi gran amiga: “Te cuento soshoooo….

Por aquel entonces Sevilla olía a Tunas que musicaban las calles en un constante pasacalles… unos para conseguir amoríos con guiris, otros simplemente por divertirse, los había ya negociantes desde su más tierna infancia como tunos y se dedicaban a los “parches”, o sea, se dividían en grupos  de cuatro o cinco y escogían a la BBC, para sus negocios, vamos, que cantaban en Bodas, Bautizos y Comuniones.

Yo trabajaba en una pastelería y con ello pagaba mis iniciados estudios de periodismo, pero imagina que en un obrador de pasteles y pan, poco tiempo libre había, con lo cual esperaba la llegada del viernes como agua de mayo. El sábado no había colegios ni había que abastecer a los cuarteles, y menguaba mucho el trabajo.. la noche del viernes era, sin duda alguna: MI NOCHE.
Aquel viernes, normal como cualquier otro, el recorrido era… El Giralda, en el Barrio de Santa Cruz, Las Teresas, con sus montaitos de mírame y no me toques, El Columnas, idem de lo mismo, y con esas, el buche lleno y ya un buen puntito en el cuerpo irnos hacia Triana o Los Remedios para acabar bailando sevillanas o aquello del Final de la cuenta atrás de los Europe, que todo era como lleváramos el cuerpo, si folklórico o discotequero. Pero no, no sería un viernes normal, de pronto, alguien sugirió ir a una tabernilla escondida en el Barrio de Santa Cruz, dijo que aquel era el cuartel general de la Tuna de Arquitectura y que los tipos cantaban genial y estaban para mojar pan. Con lo que ni cortas ni perezosas nos encaminamos ya entrada la madrugada hacia LA GITANILLA, qué premonitorio, ¿verdad?.. Bueno, tú ya sabes como soy yo… aquello del Bruce Willis con lo de las señales por todas partes, lo cumplí pero bien cumplido. Desde la esquina se escuchaban ya las canciones de Tuna, y una entre ellas… MAGDALENA…. ¡cuánto adoré esa canción durante años!.

Entramos, y nada más entrar, hay que aclarar que éramos una tropa… doce mujeres, con lo cual, entrar en un sitio era literalmente, colonizarlo, je, je… Pues eso, nada más entrar todas las miradas se volvieron hacia nosotras, era la típica tasquita sevillana con sus barriles de vino dulce, canasta , Pedro Ximénez y manzanilla apiladas en el fondo de la barra. Un lugar pequeñito pero con un encanto y una solera que hacía presagiar la mejor de las historias: La nuestra. Aquel tuno y yo nos miramos con esa mirada que no engaña y que deja entrever que algo gordo está a punto de cocerse. Su mirada fue intensa y definitiva, me atravesó como un puñal directo al corazón, sentí que de repente, no había nadie más allí, solo estábamos J. y yo, pese a estar tan rodeados de gente que casi estábamos empanados. Me sobraba el mundo, y sus ojos oscuros como la noche, su pelo anillado como el más atractivo de los Califas que pudiera haberse escondido en LA ALHAMBRA, sus manos acariciando aquel laúd y su voz, semi-grave, con vibrato, cálida, muy cálida, hicieron que me temblara todo el cuerpo.

Era él, no cabía duda. Había estado buscando equivocadamente en otros lugares, pero estaba allí, en una pequeña tabernilla de Sevilla, la música, el vino, las risas, las canciones y el olor a juventud, se habían confabulado para que J. y yo tuviéramos una historia bella, irrepetible e inolvidable. Poco a poco la noche se fue tornando de coplillas tuneras a boleros casi al punto del susurro, y con aquella sonrisa picarona, aquellos labios que me invitaban constantemente a no permitirle más cantar y sellarlos con un beso. Con El Pescador de Morenas, que más tarde oí cantar a los Sabandeños, pero que junto con la Vikina, se convirtieron en mis canciones bandera, sentí poco a poco que mi corazón se iba enganchando de aquel laúd y de aquellas manos que deseaba ya en mí…

Y ocurrió, me enamoré perdidamente. De su mano, aquella noche recorrí la Plaza de Doña Elvira, El Callejón del Agua, la Vieja Judería, los Jardines de Murillo… no sé, creo que no había visto una Sevilla tan hermosa como aquella noche, ó aquellas noches, en las que saludábamos cada rincón con un beso, correspondíamos al encuentro con cada pareja con besos y arrumacos, caricias llenas de ilusión y deseo nuevo y brioso, por aquello de no ser menos que los que nos encontrábamos, je, je…

Jamás me parecieron los viernes de madrugá… tan cortos… deseaba estrujarlos mucho más… que me durasen dos noches… para poder querer a aquel tuno que me sabía a menta y romero y que olía a Albaicín, era granadino, bueno, era y lo es, supongo. Aquel chico que, vestido a la usanza de los tunos y con su beca azul, me cantaba al oído y que sonreía como la luna cuando era yo quien le cantaba aquello de… ES LA HISTORIA DE UN AMOR… COMO NO HAY OTRO IGUAL…

Sí… Sevilla me olía a Granada, y Granada siempre me olió a Tuna. Ese fue mi primer amor, el más bonito que he tenido, el más intenso por las cosas que descubrí del amor con él, y, por supuesto, el más apasionado y vivo, porque venía avalado por El Barrio de Santa Cruz, por la luz de la luna Sevillana, por aquellos viernes mágicos que había que estrujar para que duraran hasta el domingo,y , porque jamás en mi corazón volvió a haber… tanta música”.
M.G.
(Espero que te guste…)

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