DIA 12: El banco del parque…


Ya me acerco al medio mes escribiendo todos los días en el blog, todavía no me lo puedo creer, es un ejercicio genial de autodisciplina, para no dejar pasar ni un solo día de mi vida haciendo lo que más gusta en este mundo que es contar historias.

Ahí va al decimoquinta.

Vivir en Londrés para ella siempre había resultado árduo complicado. W, era una chica extrovertida, simpática, de gustos extravagantes… y eso casaba perfectamente con la ciudad. Pero, el gris plomizo y el clima lluvioso que la acompañaba todas las mañanas, no compartía su sonrisa delineada en rojo todas las mañanas. Para colmo de males, su destino se vió truncando por los problemas familiares, entre todos, nunca la habían dejado ser ella misma.

Estudió la carrera familar, derecho, en la Universidad de Londres, como mandó papá, se ocupaba de preparar todas las reuniones del buffete familiar para ir practicando el sagrado oficio heredado desde hacía ya tres generaciones. Luego, ayudar a mami con el te de todos los lunes, miércoles y viernes, del club de bridge. La diferencia de edad con su hermana pequeña hacía que sus padres, literalmente se desentendieran de ella, W hacía todos los días los deberes, la llevaba al parque, más que hermana, parecía su madre. El único momento del día que era tan especial, e inevitable, era cuando iba a la cocina de baldosas negras y blancas, con sartenes de latón colgadas de la isla roja ubicada en el centro y gritaba: “Troy, llegó la hora de tu paseo”. Era un samoyedo espectacularmente grande, zalamero, suave y gordito. No era de raza completa, tenía alguna que otra mezcla, porque el día que W decidió tener un perro, se fue a la perrera a ver a que precioso cachorro salvaba del sacrificio.

Y de pronto un día, la rutina se rompió. El destino gris al que W se veía sometia a asumir cambió derepente. El buffete familiar ampliaba horizontes, se abría oficina en Brighton, por imperativo paternal, y adivinen a quién le tocaba irse para allá para ir abriendo camino. W, aceptó siempre y cuando Troy fuera con ella.

Le alquilaron un pequeño cotage a la afueras de Brighton, una bicicleta como transporte y el encargo de ir buscando una oficina adecuada para el prestigio de la firma, los muebles, el equipo humano e ir aclimatándose a la ciudad. Nunca se había sentido tan sola, el día se hacía eterno, se dio cuenta de la cantidad de horas, minutos, segundos que tiene un día cuando tienes tanto tiempo sin pautas horarias prefijadas y obligaciones que realizar.

Madrugaba mucho, tomaba un te, cogía la bici y con Troy se iba a descubrir la playa, el bosque que rodeaba a su nueva casa… Un día que pasaba por el parque un viejo banco le llamo la atención, al principio no supo porqué, pero necesitaba acercarse a él. De pronto descubrió un corazón tallado en el respaldo, era… tan profundo, y tenía unas iniciales grabadas con una letra tan bonita… “M – W”. Nunca había tenido tiempo de pensar en el amor, había tenido una vida tan ocupada que nunca se había planteado el conocer a alguien, enamorarse, sentir, llorar, amar… siempre estudiando, trabajando, ayudando… dando. Jamás había recibido. Troy empezó a ladrar y la despertó de su ensoñación.

Los ladridos de Troy iban en aumento, un caniche enorme se avalanzaba sobre ellos sin ninguna pausa, arrolló a Troy y a W. Estaba muy nervioso, excitado e incontrolable. En décimas de segundo apareció un muchacho en chandal, agitando la correa del caniche y gritando “tranquila, Perl, tranquila”. Pero, nada podía detenerla, no hacía más que lamer a W la cara como loca, de incitar a Troy a jugar, que no paraba de ladrar defendiendo a su dueña. Todo un caos. Y en medio, una mirada, como pudo W, se deshizo de Perl, y sus ojos se encontraron con los de M. Los minutos pasaban y ellos no podían dejar de mirarse.

Tras el gran lío organizado por los dos canes, W y M siguieron mirándose y no cruzaron palabra. Ella cogió su bicicleta y regresó a su casa. Su cabeza daba vueltas permanéntemente a la escena, y vueltas y vueltas y más vueltas, hasta el punto de rozar la locura. Se vistió y se fue a la cita con un futuro pasante para el buffete que tenía que montar para su padre. Ella con la carrera recién acabada sería la encargada de seleccionar el personal, menuda responsabilidad, pero, así las gastaba su padre.

Cuando cruzó el umbral de la sala de visitas del buffete no daba crédito a lo que vió. Era el muchacho del parque, el de la caniche, ¡Dios mío!, ahora si que tendría que hablar, ¡claro! la entrevista. Era él, el pasante, Gladis la había llamado por teléfono y la había comunicado que ya la estaban esperando.

Los minutos que habían pasado mirándose, se convirtieron en horas, en días, en semanas… se hicieron uña y carne. W acababa de conocer el amor. Entre los dos completaron el equipo y buffete se puso en marcha en menos de dos meses. W irradiaba felicidad, eficacia, no daba crédito lo iban que iban las cosas. Entonces llamaron de Londres, su padre la reclamaba inmeditamente, W olía los problemas, se despidió de M, y le dijo que volvería esa misma noche. “Si no voy hoy mismo, a mi padre le da un infarto”.

La mañana en el buffete de Londres resultó agotadora, estresante… y de pronto sonó el teléfono, era para W, de Brighton, pensó “no puede pasar sin mi ni una mañana”. Era Gladis con malas noticias, un terrible accidente había sucedido, M había muerto, mala suerte, acompañaba a un cliente a la firma de un contrato y para salvarle del golpe, M viró y… desenlace fatal.

Hoy W vive en Brighton, cuidando de Perl y Troy. Todos los días va al banco a acariciar las endiduras de esas siglas talladas y ese corazón premonitorio, del que a veces le parece que brota sangre. Nunco supo si las siglas W-M allí dibujadas fueron alguna vez de ellos, pero, decidió quedárselas para sí. A W le gusta pensar que alguien las talló por ellos antes de conocerse, estaba escrito que se encontrarían. No ha vuelto a amar a nadie, solo a sus perros.

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