DIA 6: La tapia del colegio de El Escorial…


No es fácil ponerte frente a alguien, sino existe claro, una gran confianza, y soltarle así sin más, “¿me cuentas tu primer amor?”. Pues claro que no, es por eso que el reto que me propuesto es complicado. Me he metido en un buen fregao la verdad. Aunque cómo todo en la vida, seguro que si pongo empeño lo conseguiré, 365 historias de primeros amores, ¡guau! suena genial, llevo 6 y 1 comentario. No está mal, mañana ya hará una semana que comencé mi aventura “blogiana”.

Bueno, que me enrollo como las persianas… Os decía yo que esto de llegar al primero que te cruzas y preguntarle por su primer amor pues no es muy normal, pero, ¿quién dijo que yo soy normal?, que no hombre, que no, que no he hecho eso nunca. Eso, sí que el arma del anonimato, tiene mucha fuerza. Solo tienes que decir: “lo voy a contar, sin decir tu nombre, y además, seguro que vas a reconocer tu historia, ¿no te gustaría compartir con el resto del mundo tu primer amor?. Y todos caen al final. Luego “tuneo” un poco el relato y adelante. Todas las historias son reales. Ahí va la de la tapia del Colegio de El Escorial.

Anónimo el amante, anónima la amada. Jamás se encontraron, jamás se reunieron, jamás se tocaron, jamás se rozaron… Pero, él nunca podrá olvidar salir todos los días de su colegio en  El Escorial, el de niños, que antes los centros educativos privados no eran ninguno mixto e ir corriendo hasta perder el aliento para asomarse a la tapia del colegio de las niñas.

“Trepaba a hurtadillas, asiéndome a las piedras, hasta que alcanzaba mi rama, la que todos los días me esperaba, para poder asirme y sacar mi cabecita por encima de la tapia del colegio de las chicas. Y allí estaba siempre todos los días, con los brazos detrás, la cartera marrón de piel colgada en la espalda, sus trenzas rubias, sus lazos cada día de un color… y en fila, preparada para salir con el resto de las niñas de su clase, para volver a casa.

Y yo, la seguía con la mirada caminando hacia la puerta y veía cómo se alejaba poco a poco, unos días se perdía entre la niebla, otros un rayo de sol me deslumbraba su visión, otros el agua de la lluvia mojaba mis ojos y la veía entre-aguas. Pero, siempre era la misma escena. Ella en fila, de las últimas, con lo cual el ángulo de visión me pillaba de frente. Y luego, comenzaba a caminar y la veía de perfil, era perfecta, y al fin, de espaldas… y… se fue.

Todos los días cuando bajaba por la ladera para ir a la tapia, pensaba cambiarla por la puerta del colegio. Pensaba en armarme de valor,  ponerme delante de ella, y gritarla, que la quería, que era la más bella, la más impresionante… que era la mujer de mi vida. Pero, el simple hecho de pensar en la puerta me hacía temblar, se me ponía un impresionante nudo en la boca del estómago y pensaba, mañana iré a la puerta. Y me lo prometía a mi mismo, pero, siempre acababa en la tapia.

Y así, todo el curso, y llegó el final, el último día, las vacaciones comenzaban ya. Mis compañeros me dijeron si me iba de fiesta con ellos a celebrar el final del curso, y ni les escuché, estaba decidido, era mi última oportunidad, ella podría irse, cambiarse de colegio, qué se yo. Tenía que contarle de la existencia de mi amor verdadero.

Apresurado tome mi piedra, mi rama y mi muro… para despedirme de este ritual absurdo que había llenado todo mi curso escolar. Sería la última vez que lo haría, la próxima vez me plantaría directamente en la puerta y ella me estaría esperando, partícipe de mi amor verdadero. Y en esto, que estaba yo pensando y ya arriba en mi situación de altura aventajada, me fijo en la fila y no la veo, no puede ser, quizás se haya soltado las trenzas, y por eso no la reconozco, o quizás la hayan puesto al principio de la fila, o quizás se haya puesto enferma, o quizás… no… haya venido.

Nunca volví a verla, nadie supo darme referencias en el pueblo, las de su clase eran muy mayores y me daba vergüenza preguntar. Pero, cada día de mi vida, sigo viéndola en la fila, esperando para salir del colegio, atravesar el muro que siempre nos separó y nos separará siempre, porque nunca nos llegamos a conocer. Y hoy en día, todavía, cuando paso por la puerta del colegio de las niñas de El Escorial, se me pone un nudo en el estómago y me lamento por mi falta de arrojo, de atrevimiento, de sinceridad para con ella, ni tan siquiera, nunca, llegué a saber su nombre”.

Moraleja: Las oportunidades solo pasan una vez en la vida… no las dejes escapar. Y otra enseñanza de esta historia, no siempre “los demás” saben de tus acciones, de tus pensamientos, de tus ideas. Si quieres que los demás sepan lo que piensas, ya sabes… hay que contárselo.

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